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La peste negra, el fin de la sociedad medieval.

Enviado por   •  13 de Marzo de 2018  •  2.525 Palabras (11 Páginas)  •  11 Visitas

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Por último, surge lo impensable, grandes rebeliones populares en que se asalta y mata por igual al noble y al eclesiástico. Las rebeliones más importantes fueron las de la “Jacquerie” francesa de 1357, la sublevación campesina inglesa de 1381 dirigida por Wat Tyler y John Ball; la revuelta de los trabajadores textiles de Florencia, los "Ciompi" en 1378; la de los trabajadores del norte de Francia y los Países Bajos en 1381-1382; la de Siena en 1371 y la revolución portuguesa en 1383. Todas ellas fracasaron, pero fueron el preludio de reivindicaciones que resurgirían más tarde. Sólo una reacción monárquica fuerte logra restablecer el orden, pero ya es una jerarquía impuesta por la fuerza y no por la mutua conveniencia.

Se aceleró entonces un proceso de pérdida de poder político, social y económico de la antigua aristocracia guerrera, que se refugió en fiestas, torneos y ceremonias. Se endeudó, hipotecó y vendió sus tierras para llevar una vida lujosa, intentó compensar con refinamiento la riqueza y el poder que traspasaba paulatinamente a la burguesía. Una crónica de la época cuenta que una viuda vendió una aldea para hacerse un hermoso vestido de terciopelo verde.

El tercer vértice de la sociedad medieval era la influencia de la Iglesia, que excedía a la meramente espiritual. Europa, si bien tenía numerosos príncipes y reyes, tenía una sola religión. La iglesia era la fuente de legitimidad del poder terrenal, el elemento aglutinante más importante de la sociedad europea.

Era además la gran protectora espiritual de Occidente. La sociedad confiaba en que la red de iglesias, monasterios y abadías que había construido y mantenido, le serviría para conseguir la protección divina y evitar el castigo del cielo. La Iglesia era su abogada ante Dios y debía mantener a raya lo que Duby llama ‘las fuerzas oscuras que lanzan el hambre, la epidemia y la invasión’. La muerte de un tercio de los habitantes de la Europa cristiana fue un duro golpe a esa esperanza. Más aún, esta muerte era pestilente, masiva, y repentina, lo que en la época era un estigma vergonzoso ya que impedía la adecuada preparación cristiana.

La iglesia había construido su prestigio no solo por la fuerza de su mensaje, sino que también en base al ejemplo de miles de mártires que, inspirados por el testimonio de San Pedro y los Apóstoles, habían señalado con sus vidas el camino a seguir. A la inversa, el ejemplo del Papa Clemente VI, al recluirse para salvar su vida, marcaría el camino de una parte importante de los Obispos y la curia, que habría tenido una tasa de mortalidad equivalente a la mitad de la población y casi la tercera parte de clero regular. En lo peor de la peste, el médico personal del Papa, Guy de Chauliac, lo aisló en el Palacio Papal de Aviñón y lo sentó en medio de dos enormes fuegos que lo aislaron del contagio. ¡En pleno verano!.

La cobardía de un sector de la Iglesia y la equivocada visión de atribuir la peste a un origen divino debilitaron en forma importante el prestigio de la Iglesia. Se sumaron nuevas críticas a los cuestionamientos que ya existían por las acusaciones de herejía, las querellas con el poder político y la conducta poco apropiada de parte de los sacerdotes.

El Papado y la mayoría de los eclesiásticos cometieron, además, un error importante al darle a la peste un origen sobrenatural. La creencia de que la mortandad era un castigo divino alejó a muchos cristianos de un “dios cruel” que se complacía en hacer sufrir a sus creyentes. La Iglesia no tuvo la visión para darse cuenta que la sociedad medieval no sólo estaba diezmada físicamente sino que además estaba sicológicamente herida, desesperanzada, sin siquiera ánimo vital para trabajar, casarse y tener hijos. Se estima que en las décadas posteriores a la peste el 25% de la población permaneció soltera. Cuando explicó la peste por “los pecados del hombre” acentuó el cataclismo social y la dejó en la orilla del frente de muchos de sus fieles.

La disminución de sacerdotes, y en muchos casos el abandono de las poblaciones sufrientes privándolas del consuelo de la extremaunción y del funeral, generaron una desconfianza hacia la iglesia. El hombre medieval sintió que la Iglesia, y particularmente su jerarquía, le había fallado. Lothar de Sajonia resumió el sentir de muchos al expresar “aquellos que tenían el título de pastores jugaron el rol de los lobos.” Acusación para muchos injusta, ya que la mayoría del clero sí cumplió su deber, como lo demuestra la mayor mortalidad de éste en relación a la población general.

Este resentimiento, unido a que el clero que se ordenó para reemplazar a los caídos no siempre estuvo a la altura de sus predecesores, facilitó la propagación de ideas heréticas, en vastos sectores el agnosticismo e, incluso por oposición, algunos se vuelcan a prácticas ocultistas y a la brujería. Se comenta que incluso el piadoso Carlos V de Francia contrató al astrólogo Tomás de Pizan para que confeccionara imágenes de cera para destruir a los ingleses en la Guerra de los 100 años.

En vastos sectores se genera un resentimiento que sería la base del protestantismo. No cabe duda que la Iglesia que emergió tras la Peste Negra no tendría la misma influencia y credibilidad que la del período anterior. Si bien antes de la peste ya tenía problemas, después de ella su prestigio e influencia habían mermado en forma importante.

Como en todas las crisis, salió lo mejor y lo peor del ser humano. Una mayoría profundizó su fe y se multiplicaron capillas, el culto a los santos y las peregrinaciones. Pero también existieron padres que abandonaron a sus hijos; persecuciones a los judíos y los leprosos; flagelaciones públicas y masivas para expiar el sentimiento de “sociedad pecadora”; desenfreno, y una fatalidad que empujaba a vivir sólo el presente. La relajación de las costumbres con posterioridad al paso de la peste fue tal, que en 1394 una bula papal sancionó con la excomunión a aquellos que bailaban, bebían, jugaban y copulaban ¡en los cementerios!

La oveja se sentía sin pastor, y además estaba resentida con él. Una parte importante de la sociedad se vuelca al goce de los placeres terrenos y ante la amenaza de la muerte, intenta aprovechar al máximo su tiempo finito, reflejo de ello es que comienzan a aparecer relojes en las plazas de la mayoría de las ciudades.

La cultura, las artes y la ética se vieron afectados por la muerte. Se le cantó como gran niveladora; corruptora de la belleza y de los poderosos; como fin de linajes gloriosos o del placer terrenal. El horror y el miedo quedaron plasmados como testimonios en cuentos, oraciones, novelas,

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