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Las profesiones en las sociedades contemporáneas: un ejercicio crítico ante la responsabilidad social.

Enviado por   •  29 de Marzo de 2018  •  3.847 Palabras (16 Páginas)  •  283 Visitas

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indeterminación de muchos y nuevos centros de poder, haciendo que el núcleo político tradicional ocupe un lugar menos privilegiado y que se desconozca dónde se encuentra el poder económico el que, parece, mueve hoy realmente los hilos del mundo.

[Considera que] lo que ha sido destruido no puede ser reconstruido, es una pérdida definitiva; su mirada se dirige más a los vencidos que a los vencedores. Ha heredado a la vez la crítica romántica de la modernidad industrial (expurgada de su inclinación nacionalista) y el universalismo de las Luces: gracias a este anclaje filosófico y cultural puede elaborar una nueva visión de la historia .

En esta perspectiva, las externalidades del progreso no aparecen como un accidente, aunque grave, ante el camino ineluctable de mejora continua, sino como un producto legítimo y auténtico de la forma de organización occidental. El progreso devela su lado sombrío y destructor, pues la racionalidad instrumental de la cual está hecha se pone al servicio por un lado de la construcción cultural y de bienestar, pero también de exclusión y miseria. En el escenario cultural contemporáneo, la marginación, la exclusión y la barbarie no figuran como antítesis de la civilización y el progreso técnico y empresarial, sino como su cara oculta, su doblez dialéctica.

Por ello, el ejercicio profesional no exige una neutralidad axiológica, ni tampoco un eclecticismo ético, ni mucho menos un cúmulo de opiniones que busquen justificar la conveniencia material por encima del compromiso ético y político, sino que busca pensar y actuar ante el desgarro de la historia y el escándalo de la razón. Esta lúgubre visión, pero profundamente humana, es la ventaja de quienes pueden tener siempre y en cualquier circunstancia un elemento mayor sobre los demás. Sin embargo, este privilegio puede tener un precio muy alto . De modo tal que pensar profesionalmente, no se encuentra orientado únicamente por criterios de mercado, sino principalmente por exigencias ético-políticas, más aún, el profesionista contemporáneo se le exige pensar el mundo desde la radical negatividad, desde los excluidos del mundo, condición que consiente en comprender la pertenencia a un espacio común de convivencia donde la humanidad misma se abre en su vulnerabilidad. Por ello, el compromiso profesional es impotente si no sostiene una acción comprensiva tanto de la realidad política y humana como de la barbarie, pues el ejercicio profesional busca detener el potencial destructivo de ésta y develar la ilusión de basar el progreso y el desarrollo solamente en la sofisticación tecnológica y en la mediación económica. Las conquistas tanto de la tecnología y del mercado muestran su fragilidad cuando subordinan los elementos de orden político a las exigencias económicas. Así, la formación académica, esconde una mercantilización del conocimiento, mientras que, la tecnología y el desarrollo empresarial sin compromiso ético se constituyen como la condición indispensable que mantiene una sociedad servil ubicada en un ambiente de confortable modernidad.

En otras palabras, el progreso en la actividad profesional se encuentra fundamentado en la dimensión económica, elemento que orienta el orden de cosas y garantiza la seguridad jurídica y social, así como el crecimiento acelerado, sostenible, necesitado siempre de un capital humano. Frente a esto, el ejercicio profesional pierde su condición política para transformarse en subordinación, en la manifestación concreta de existencias cuya regulación se realiza por el carácter burocrático, industrial y administrativo de personas normales, escrupulosas en el cumplimiento de sus tareas, siempre dispuestas a garantizar el goce de los beneficios culturales y del estatus social sin discernimiento ético.

Así, la acción de los profesionistas se transforma en la condición de una maquinaria de deshumanización administrativa que genera una mentalidad de competencia que puede convertir al ser humano en cualquier momento, en juguete de locura y de crueldad. Pues, “cada vez que la sociedad deja sin medios de subsistencia al hombre pequeño, mata el funcionamiento normal y el autorrespeto normal del mismo y lo prepara para aquella última etapa en la que estará dispuesto a asumir cualquier función, incluido el job de verdugo” . Parece pues, que las circunstancias en las cuales se encuentra ubicado el ejercicio profesional contemporáneo comprende que no basta la destrucción de los derechos del hombre, sino también la extinción de su personalidad jurídica para garantizar una cierta dominación humana, sino que también requiere de la aniquilación de la persona moral, donde se arrebata a los hombres su humanidad, hasta el punto de vaciar de sentido la noción misma de solidaridad. Allí, donde la atrofia de la capacidad de juicio y de acción, el profesionista desdibuja su potencial político y se somete a las exigencias de un mercado despótico y totalitario. Si el ejercicio profesional no enfrenta con audacia la exigencia del tiempo presente, poco a poco se concretarán la apatía e indiferencia necesaria para llevar a cabo los efectos de un sistema de dominación en cuyo centro se sitúa una barbarie generalizada.

Lo anterior no significa que la consecuencia ineludible, natural y necesaria de la indiferencia de los profesionistas sea la barbarie y la deshumanización, pues el desarrollo de la violencia que tiene lugar no constituye la condición normal del mundo. Sin embargo, estas formas de relación y comprensión de las relaciones humanas implican a la tesis contemporánea, ya que ésta es inconcebible sin la tecnología y la racionalidad instrumental, propia del ejercicio profesional . En este sentido, la barbarie es la manifestación de una patología profesional de la modernidad más que su negación, es decir, durante la modernidad se ha reificado una variante antihumanista de la razón en donde la exclusión y la desaparición de la pluralidad humana es una normalidad, pero cuya posibilidad se inscribe en la anormalidad de la sociedad actual. Más allá de las causas profundas y sus circunstancias históricas concretas, la bien traída deshumanización y barbarie encuentran sus premisas en la industrialización y en una racionalidad ciega, libre de toda imposición ética, que puede traducirse en un orden del terror y en la organización de la injusticia. Por tanto, las distintas situaciones de inhumanidad han surgido en el seno de una sociedad moderna, cuando la civilización ha alcanzado un alto nivel económico, industrial, científico e intelectual; la forma contemporánea de justificar las barbaries deben tanto a las distintas técnicas y conocimientos como a su trasfondo psicológico, modelado por una mentalidad burocrática que postula una gestión administrativa impersonal, sin ninguna

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