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Nanni Menetti ¡El artista nunca ha tenido manos!

Enviado por   •  25 de Marzo de 2018  •  3.298 Palabras (14 Páginas)  •  90 Visitas

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Ahora ¿a qué viene este cuento? Creo que está ya más que claro, pero conviene remacharlo definitivamente: se diga lo que se diga, nuestro lenguaje no nombra nunca los cuerpos (los objetos, los sujetos empíricos o invariantes extrafuncionales como en cierta área francesa se gusta decir hoy) solos, en absoluto, sino en la identidad que tienen dentro de alguna práctica. Si tuviera que reescribir la Biblia, no diría que Adán dio nombre a las cosas, sino a cómo aparecían las cosas en las relaciones que él mantenía con ellas. No otra cosa. No por nada se nos decía en un tiempo que el verbo, precisamente la acción, era la parte fundamental del discurso. Los verbos implican siempre una relación entre dos polos (no importa aunque sea sólo del sujeto consigo mismo) y nombramos la relación y no los polos: siempre. Y si a veces nos parece lo contrario en relación con algún término, es porque hemos perdido la memoria de sus raíces. Pero, donde las raíces son accesibles, esta verdad encuentra siempre confirmación. Verdad devastadora para todo realista ingenuo o metafísico que ahora, antes de llegar finalmente a la cuestión de las manos del artista, veré aún más detalladamente precisamente en el arte.

Las funciones y el lenguaje en el arte

No estamos encerrados dentro del lenguaje como estamos encerrados dentro de la atmósfera y de modo inevitable. No podemos salir de la atmósfera sólo gracias a la atmósfera misma. ¿Qué hacen de hecho los astronautas? Se la llevan con ellos como oxígeno. De igual modo podemos salir del lenguaje gracias al lenguaje mismo. Hay, en efecto, en el lenguaje palabras de significado suspendido, palabras como índices apuntados hacia el exterior y basta. Dos de estas palabras son precisamente “cosa” y “cuerpo”, pero hay otras; pienso, por ejemplo, en “trasto” y semejantes. Palabras de contenido semántico puramente indicativo que sirven para arrojar las entidades fuera de las relaciones y por tanto fuera de sus nombres (fuera del lenguaje) en espera de insertarlas en otras relaciones y por tanto de recuperarlas en el lenguaje con otros nombres. En el ready-made de Duchamp está escondida precisamente esta verdad. Tomemos el famoso escurrebotellas. Debe su artisticidad simplemente a su dislocación (al definirlo como arte, Duchamp ha desplazado su colocación y por tanto su función y su relación), desde la cantina a la galería de arte. De escurrebotellas a obra de arte, por tanto de un nombre a otro pasando por el estado semánticamente indeterminado de cosa.

Y si, como obra de arte, seguimos llamándolo escurrebotellas lo hacemos en memoria de lo que fue, de la relación de la que ha sido retirado y en la que ya no está. Entrado en la galería de arte, en relación con la galería de arte, es natural que sea llamado arte. Salido de la relación con las botellas ha perdido su nombre primigenio y se ha convertido en cosa. Entrado en relación con el arte se ha hecho arte, ha cambiado de nombre, tanto que si se queremos seguir llamándolo escurrebotellas nos sentimos en la obligación de añadir de Duchamp, que es como decir que no es propiamente escurrebotellas. El escándalo de esta operación es tal para quien es víctima de dos formas de hipóstasis, de dos indebidas extensiones de verdades parciales a verdades totales. La primera, la idea de procedencia bíblica de que el nombre no nombre precisamente las relaciones, sino el alma, la esencia de las cosas; la segunda, la de la indebida transformación de una verdad válida en línea de principio (donde hay un alma, una esencia no puede haber sitio para otra) en una verdad válida en línea de hecho. Es del todo natural entonces que cueste aceptar un escurrebotellas como obra de arte, pero de costar a tener razón hay una buena diferencia. La artisticidad es una función (una relación) en la que, queriéndolo alguna cultura, puede entrar cualquier cosa: no hay cosas u objetos artísticos por naturaleza, sino sólo por cultura en el sentido etimológico del término, es decir porque así, como arte, son cultivados, usados, hechos funcionar en suma. A diferencia de cuanto pensaba Asimov para la función de hombre, verdad de ningún modo corriente. Por el contrario, se ha difundido la idea, incluso en personas cultas contemporáneas nuestras, de que en el arte del siglo XX hay mucha mixtificación y, digamos, tomadura de pelo del público. Pero es una idea debida a una ignorancia teórica preocupante, tanto más en personas que por su papel y su visibilidad crean opinión con frecuencia. Recuerdo a propósito un artículo de un escandalizado Magris[4]4, no corregido en absoluto por los que dialogaron con él. Ciertamente, puede desagradar esta o aquella forma de arte, pero de aquí a tacharlas de mistificación hay un gran trecho. La mistificación implica una relación violada con la idea de una verdad igual para todos que no tiene ningún soporte científico. Pero volvamos a nosotros y a una ulterior confirmación de la credibilidad de lo que estoy diciendo. ¿Alguien recuerda a Ochetto y su cambio político de la Bolognina? Al querer cambiar el nombre del partido del que era secretario (el entonces histórico PCI) y no saber todavía con qué programa nuevo relacionarlo, ¿qué hace Ochetto? ¿No lo llamó quizá la cosa? No hay salida: el nombre de las cosas y los cuerpos es fruto sólo de las relaciones en las que entran y no de una pretendida esencia a priori eterna e inmóvil desde siempre. Lo que no quiere decir que no la haya, no digo esto, no sé; digo sólo que nuestro lenguaje no puede nombrarla. Resignados a esta impotencia y ocupándonos sólo de las funciones, volvamos finalmente a la cuestión de la que hemos partido: el artista y su carencia de manos.

Todas las obras de arte son ready-made

Frente a la afirmación de partida “el artista nunca ha tenido manos” se había supuesto un público en general lleno de preguntas incrédulas. ¿Cómo? ¿El artista nunca ha tenido manos? ¿No ha usado acaso las manos Leonardo para pintar sus obras? Obviamente las que, más allá de toda duda, son suyas. ¿Y lo mismo Rafael, lo mismo Miguel Ángel y lo mismo todo artista notoriamente autor material de sus obras? Ciertamente, pero considerado todo lo que se ha dicho hasta aquí, se puede ahora, espero que convincentemente, responder que, hablando rigurosamente, el Leonardo que produce (pinta) materialmente su obra no puede llamarse correctamente artista, si acaso artesano o algo similar, pero no precisamente artista en el sentido que damos hoy a ese término. Puede definirse a Leonardo como artista cuando activa otra función, cuando, una vez producida la obra, la reconoce (la nombra) como arte y la licencia como tal. Nominación que puede muy bien no ser explícita, sino implícita

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